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LA CRISIS MONETARIA ESPAÑOLA DE 1937

Posted by Gilmour Poincaree on November 28, 2008

Capítulo II

por José Miguel Santacreu Soler

PLANTEAMIENTO GENERAL DE LA CRISIS MONETARIA REPUBLICANA

I. FACTORES DE LA CRISIS

Los problemas en los que desembocó la crisis monetaria (1) padecida por la España republicana durante la guerra civil no fueron fruto exclusivo de la coyuntura bélica, sino de ciertos factores cuya incidencia fue simultánea y ampliamente extendida. Cabe reconocer que el conflicto bélico quitó la tapadera a algunos de estos factores que ya palpitaban desde hacía algún tiempo; pero de ahí a privilegiar sólo el factor guerra en la crisis va mucho, como demostraremos a continuación.

El sistema monetario español

Las pesetas y sus múltiplos y divisores impresos o acuñados que circulaban presentaban, en 1936 y antes, deficiencias tales como un exacerbado dualismo y una incoherente variedad ideológica que exigía un cambio.

Eran fruto de un sistema monetario que nació allá por el año 1868 (2). Desde el 19 de octubre de ese año —fecha del decreto en que se adoptó definitivamente el sistema decimal para las monedas españolas según las normas de la Unión Monetaria Latina, fijando la PESETA dividida en cien céntimos como unidad monetaria (3) y aceptando el bimetalismo que se frustró con el súbito encarecimiento del oro (4)— se desarrollaron una serie de acuñaciones de piezas en oro con valores de 100, 25, 20 y 10 pesetas respectivamente; en plata de 5, 2, 1, 0,50 y 0,20 pesetas, y en cobre de 10, 5, 2 y 1 céntimos, a las que se añadieron los 25 céntimos de cupro-níquel tras el decreto del 9 de enero de 1925 (5). Su curso legal se mantuvo hasta la guerra civil, 193611939, con pequeñas alteraciones en las monedas de oro y 0,20 pesetas (6). Junto a estas piezas metálicas circulaban los billetes emitidos por el Banco de España, desde que éste lograra el privilegio de único emisor en 1874, con valores de 1.000, 500, 100, 50 y 25 pesetas. Los citados billetes sólo eran una promesa de pago y debían de estar respaldados por una cobertura metálica extraída, en parte, de las acuñaciones mencionadas. A partir de 1898 las cifras de los billetes en circulación se independizaron de la cuantía del capital del Banco de España, aunque siguió conservándose la existencia de una cobertura metálica, si bien con menores exigencias y cantidades proporcionales (7).

Entre 1873 y 1883 se abandonó el patrón oro, al que no se volvió jamás, y se consagró el patrón fiduciario, predominando las monedas de plata y los billetes. No fue esta medida fruto de una política monetaria deliberada sino que más bien no había otro remedio; prueba de ello son los continuos esfuerzos por retornar al patrón oro. El gobierno se preocupaba más de mantener el prestigio de su moneda que de utilizarla, devaluándola, para fomentar las exportaciones (8).

El hecho es que, pese a abandonar el patrón oro, éste siguió acuñándose y circulando entre los españoles (9) hasta su definitiva desaparición de hecho hacia 1914 (10). Desaparición que no causó graves problemas a nivel cotidiano ya que venían realizándose emisiones de billetes con valores de 100, 50 y 25 pesetas que paliaron la carencia de las piezas de oro.

No obstante, en 1917 el oro dejó de fluir a los Estados Unidos y se inició una pequeña corriente hacia España (11), pero no se pudo regresar a él como patrón y moneda corriente, lo que soñara Primo de Rivera (12).

En el plano internacional, la cuestión del oro parece ser que pasó a un segundo término ante las nuevas concepciones monetarias (13). En los EE.UU. de los años 1930 unos cuantos economistas defendían un dólar utilitario, una moneda cuyo valor se fundase en un poder adquisitivo constante y no en su contenido en oro (14).

De otro lado, los gobiernos de los países desarrollados habían abandonado o estaban abandonando la moneda-mercancía en favor de una moneda-signo que se ajustase mejor alas nuevas circunstancias y exigencias económicas. En concreto, Estados Unidos entre 1921 y 1935 (15) y Francia entre 1921 y 1939 (16), por ejemplo, eliminaron o minimizaron la plata en circulación sustituyéndola por otros metales o reduciendo su ley.

A la contra, aunque no sea del todo correcto establecer comparaciones entre países de distintos niveles de desarrollo, resulta significativo matizar que la República Española del siglo XX no sólo continuaba usando la plata como moneda corriente sino que uno de sus gobiernos emitía pesetas con ese metal fechadas en 1933-34 (17).

Así, la oferta de moneda impresa y acuñada para la circulación en julio de 1936 estaba compuesta por los billetes del Banco de España, que en teoría seguían siendo una promesa de pago difícil de cobrar. Su cuantía era como sigue:

VALOR N.i DE PIEZAS
1.000 pesetas …….. 3.646.000
500 pesetas …….. 1.602.000
100 pesetas …….. 32.000.000
50 pesetas …….. 18.640.000
25 pesetas …….. 17.780.000 (18)
   

Y por las monedas metálicas del Ministerio de Hacienda, que teóricamente eran los puntales del sistema. Su cuantía disponible era:

VALOR METAL N.° DE PIEZAS
5 pesetas Plata 210.437.486
2 pesetas Plata 78.159.769
1 peseta Plata 111.544.106
50 céntimos Plata 33.600.196
25 céntimos Cupro-níquel 32.000.099
10 céntimos Cobre 324.708.553
5 céntimos Cobre 444.701.481
2 céntimos Cobre 138.368.865
1 céntimo Cobre 1.090.169.399(19)

Naturalmente, toda esta moneda metálica no estaba en constante circulación. De la cuantía disponible citada hay que descontar la reserva en plata que poseía el Banco de España, las piezas atesoradas por los particulares que no confiaban en los bancos de depósito y, al estallar la guerra, el reparto de dichas piezas entre las dos zonas del conflicto, las fugas al extranjero, las destrucciones, etcétera.

Lo que sí que queda claro es que al empezar la guerra el curso de moneda legal estaba compuesto por una serie de piezas que manifestaban una incoherente variedad ideológica. En el bolsillo de los ciudadanos —julio de 1936— coincidían tanto las acuñaciones de la I República como las de los reyes Amadeo de Saboya, Alfonso XII y Alfonso XIII, junto a las escasas tiradas de la II República (20). La coexistencia de estas acuñaciones chocaba con las líneas ideológicas en el poder y mermaba, tal vez, psicológicamente, parte de la soberanía del Estado republicano, concediendo mayor importancia a la plata de los duros y demás que a sus representaciones figurativas y leyendas.

De otro lado, dicho curso legal denotaba un exacertado dualismo. La moneda en circulación era de dos tipos, los cuales se complementaban y suplían. Por una parte estaba la larga serie de billetes del Banco de España, cuyo valor no bajaba de las 25 pesetas, respaldados por una cobertura metálica en la que basaban su fiabilidad. Jurídicamente sólo eran simples cheques al portador con funciones similares a la moneda metálica del Ministerio de Hacienda. Junto a estos billetes circulaban las piezas metálicas del citado Ministerio; es decir, la moneda real por excelencia. El valor superior que alcanzaban éstas no sobrepasaba las 5 pesetas y basaban su fiabilidad en el peso y ley del metal que contenían, además del carácter legal que les confería el Estado. En ocasiones, ellas desempeñaban una parte del papel de cobertura metálica que precisaban los billetes del Banco de España (21).

Gente anterior a julio de 1936 que criticase el sistema, la labor del Banco de España, el centralismo monopolista de las emisiones, la política monetaria, etcétera y propusiese alternativas, viables o no, la hubo. Son de destacar J. Sarda, J. Tallada o J. A. Vandellós y sus múltiples publicaciones en el Boletín del Instituto de Investigaciones Económicas de Barcelona, la Veu de Cataluña, el Sol, España Sanearía… (22).

Con todo, el gobierno no dejó, según le concedía la Constitución vigente, de tener el privilegio de dominar el sistema monetario y emitir la moneda fiduciaria (23). Además de poseer desde 1931, sirviéndose del Centro Oficial de Contratación de Moneda creado en agosto de 1930, el control absoluto de las operaciones con moneda extranjera —decreto del 29 de mayo— (24). El Estado era prácticamente dueño y señor de la moneda para usarla como quisiese.

En conclusión, quiero recalcar que en julio de 1936 circulaban conjuntamente dentro del territorio español una moneda-signo, los billetes del Banco de España que no podía emitir valores fraccionarios, y una moneda-mercancía, las piezas metálicas del Ministerio de Hacienda que monopolizaban los valores fraccionarios. Ello sería uno de los factores determinantes de la crisis de moneda divisionaria que padeció la España republicana a lo largo de 1937, como veremos más adelante.

La plata de las monedas divisionarias

La plata no era lo suficientemente estable como para servir de moneda fraccionaria en unos tiempos inflacionistas de papel y de anormalidades económicas, políticas y humanas. Por momentos, el metal de la moneda superaba su valor nominal y un duro valía más de cinco pesetas. Estas piezas acuñadas con valores de 5, 2, 1 y 0,50 pesetas, respectivamente, eran un campo abandonado para la especulación y el agiotismo. Ya lo habían demostrado con anterioridad.

En 1898 el atesoramiento de moneda de plata de 5 pesetas, inducido por el pánico ante la pérdida de las colonias y la desafortunada guerra con los EE.UU., junto a las operaciones especulativas aprovechando la caída de los cambios, hizo que dicha moneda escasease en la calle. Por ello, el Consejo del Banco de España —con carácter reservado— tuvo que preparar una emisión de billetes de cinco pesetas para sustituir a esta moneda de plata.

En cierto modo era un antecedente de los certificados de plata republicanos de 5 y 10 pesetas que luego estudiaremos.

Pero como en 1899 cambió la situación, se emitieron monedas de plata y la política restrictiva de Villaverde tuvo sus frutos; no sólo no se pusieron en circulación los billetes sino que en octubre de 1903 se quemaron (25).

En 1914 la elevación del precio de la plata y la necesidad de aumentar la cobertura de este metal inmovilizado en las cajas del Banco de España, movieron a su Consejo a preparar —con carácter reservado— de nuevo una emisión de billetes de cinco pesetas, en previsión de que dejara de circular la plata. Pero como la situación quedó conjurada y el Banco aumentó sus existencias de plata, los temores se desvanecieron a la par que estos billetes (26).

En 1935 la pérdida del poder adquisitivo de la peseta, unido al aumento de precio de la plata, hizo renacer el temor de que las monedas de 5 pesetas desapareciesen de la circulación al ser desmonetizadas buscando beneficiarse con el metal.

Ello volvió a suscitar el tema de los billetes de cinco pesetas. Hubo en esta ocasión unas negociaciones entre el Banco de España y el Ministerio de Hacienda que convinieron que no se trataría de billetes emitidos por el Banco de España sino de «certificados» que suplirían circunstancialmente las monedas acuñadas del Estado. Los gastos de impresión los sufragaría el gobierno y el Banco se encargaría de tramitarla. Los certificados estarían respaldados por un depósito de plata en la Caja del Banco. Sus valores serían de 5 y 10 pesetas respectivamente. En breve se imprimieron 120.000.000 de ejemplares de 5 pesetas y 70.000.000 de 10 pesetas No obstante dichos certificados aún tardarían en ponerse en circulación ya que no lo hicieron hasta octubre de 1936, iniciada la guerra civil (27).

Era evidente que la plata llevaba el mismo camino que el oro. Este desapareció de la circulación hacia 1914 y había dejado de ser patrón monetario en 1883. Diversos países desarrollados, tales como EE.UU. o Francia, entre los años veinte y treinta del siglo XX estaban abandonando o minimizando la plata para acuñar sus monedas y buscaban buenos sustitutos fiduciarios. A la contra, el gobierno republicano no quería o no podía hacerlo, tal vez porque aún confiaba en otros remedios.

El proyecto de emisión de los certificados de plata era un provisional —o solapado— intento: ¡certificados de plata, no sustitutos de ella! Fue a mitad de marzo de 1937, ya tarde y con una incipiente crisis monetaria, cuando el gobierno de aquel momento reconoció las nuevas necesidades:

«… el Gobierno… ha resuelto que las mayores necesidades de moneda divisionaria que el mercado acusa sean atendidas, como han hecho otros países para piezas de semejante valor, por medio de la acuñación de una moneda que, poseyendo para el público todas las garantías y prerrogativas de cualquier otra moneda de curso legal, cumpla las condiciones técnicas requeridas. El metal que, según informe competente, sirve mejor para el caso es un bronce de aluminio de las características que se establecen… y que son análogas a las del metal empleado en Francia con el mismo fin.» (28)

Lógicamente esto que acabo de plantear es adelantar acontecimientos posteriores. Nosotros estamos analizando en estos momentos la situación concreta de julio de 1936, nada más. En esa fecha las monedas metálicas del sistema monetario español presentaban importantes deficiencias que denotaban una situación absurda en una etapa de inflación. La plata no podía mantenerse como moneda.

Antoni Turró, cuando habla de la guerra civil, dice que era una temeridad y un lujo impropio de un país en guerra mantener el patrón de plata en su moneda, máximo si se tiene en cuenta la necesidad que tenía el gobierno republicano de unas buenas reservas a fin de mantener su crédito siempre dudoso en un conflicto bélico (29).

«La inflación hace que las personas previsoras o temerosas se pregunten si conviene guardar el dinero o los signos que lo representan, o es mejor cambiarlos por artículos o bienes tangibles antes de que los precios sigan subiendo.» (30)

Durante la guerra civil la elección era sencilla para los españoles. Las monedas de plata convenía guardarlas como reserva de valor. Se trataba de unas monedas-objeto-mercancía que por su materia y peso podían sobrevivir al proceso inflacionista de papel y mantener un poder adquisitivo real. Los billetes convenía emplearlos como medio de pago para adquirir con ellos mercancías o monedas de plata. Se trataba de unas monedas-signo altamente fiduciarias que habían perdido su convertibilidad en plata y su estabilidad como poder de compra, a la par que era muy difícil que sobreviviesen al proceso inflacionista.

Si la gente se inclinaba por la elección que acabo de describir —de hecho lo hizo— se produciría un fenómeno lógico: La plata desaparecería de la circulación, y con ella los valores fraccionarios de las monedas. El papel se intensificaría como medio de pago y circulación, pero como su valor más bajo no descendería de las 25 pesetas se interrumpirían o dificultarían las compras y ventas de productos cuyo valor no se ajustase al nominal que representaba el juego de los diversos billetes. El sistema monetario tropezaría con una grave crisis.

Junto a esto, y en circunstancias en las que la moneda legal estaba perdiendo su fiabilidad, la plata se convertiría —de hecho lo hizo— en una excelente divisa, por lo que aún eran más los motivos que la impulsaban a abandonar su ejercicio como moneda corriente.

En junio de 1937, unos consejeros denunciaban ante el Consejo Municipal de Alicante que se realizaban compras de artículos en el extranjero pagados con monedas de plata (31). Mas aún, el gobierno recurrió a ella para financiar parte de sus compras de armamentos, etcétera. En 1938 vendió a los EE.UU. 1.225.000 kilos de plata equivalentes a 245 millones de pesetas —16.000 dólares—, además de otras ventas a Francia (32).

Todavía hay más. Si el lector ha recapacitado un poco se habrá percatado de que cuando las autoridades pertinentes o el Banco de España se preparaban para enfrentarse a la posible desaparición de la plata amonedada, más adelante reincidiremos en ello, sólo pensaron en las monedas de duro, las cinco pesetas. ¿Qué sucede?, ¿las piezas de 2, 1 y 0,50 pesetas no eran también de plata? Ahí está otra de las claves de la crisis de moneda fraccionaria durante el año 1937 en la España republicana.

Al iniciarse la guerra uno de los primeros síntomas de la misma, de la especulación y el agiotismo fue la progresiva desaparición de las monedas de plata. Primero los duros, después las 2, 1 y 0,50 pesetas nos dice R. Abellá (33).

El oro y los billetes del Banco de España

El oro y los billetes del Banco de España fueron un excelente medio de financiación de guerra, tanto a nivel interno —los billetes— como externo —el oro.

Tuñón y García-Nieto (34) opinan que la financiación interna de los gastos de guerra republicanos está expresada en los avances hechos al Tesoro por el Banco de España desde el comienzo de las hostilidades. Si hasta abril de 1938 aparece una suma de nuevos billetes, expresión de ese avance, de 3.812,76 millones de pesetas; la liquidación posterior final dio un saldo, según Sarda, de 12.754 millones de pesetas.

La financiación exterior, atendiendo a los mismos autores, estuvo determinada fundamentalmente por la utilización de las reservas de oro en aleación depositado cu la URSS —510 toneladas, unos 500 millones de dólares de la época—. Este oro sirvió para pagar los suministros soviéticos y para, transformado en divisas, colocarlo cu el Banco de París, desde donde el gobierno de la República hizo compras de armamentos en diversos países.

Estos autores siguen diciendo además que entre julio de 1936 y enero de 1937 fueron enviados a Francia 510 millones de pesetas oro, el 26,5% del oro amonedado y en barras existente en reserva en el Banco de España (35).

Si el oro y los billetes fueron en la práctica un excelente medio de financiación, supusieron un duro golpe para la moneda acuñada e impresa del sistema monetario español.

El decreto del Ministerio de Hacienda del 3 de octubre de 1936 (36) regulaba y exigía a los españoles que entregasen todo el oro amonedado o en pasta que poseyesen. Otro decreto del 10 de octubre amplió el plazo concedido para la entrega (37). A partir de estos momentos las Gacetas están llenas de decretos y órdenes que encauzan la recogida de dicho metal (38).

La recogida de oro era una manera de sugerir a los ciudadanos que, comparado con el papel o los depósitos bancarios, tenía una significación mucho mayor. A partir de entonces el oro parecería siempre mejor, algo que convenía guardar prudentemente (39). Y junto a él, por mimetismo, la plata.

“El 25 de octubre de 1936 se embarcó en Cartagena, con rumbo a Odesa, siete mil ochocientas cajas llenas de oro, amonedado o en barras, oro que constituía parte de las reservas del Banco de España”.

La financiación exterior, atendiendo a los mismos autores, estuvo determinada fundamentalmente por la utilización de las reservas de oro en aleación depositado en la URSS —510 toneladas, unos 500 millones de dólares de la época—. Este oro sirvió para pagar los suministros soviéticos y para, transformado en divisas, colocarlo en el Banco de París, desde donde el gobierno de la República hizo compras de armamentos en diversos países.

Estos autores siguen diciendo además que entre julio de 1936 y enero de 1937 fueron enviados a Francia 510 millones de pesetas oro, el 26,5% del oro amonedado y en barras existente en reserva en el Banco de España (35).

Si el oro y los billetes fueron en la práctica un excelente medio de financiación, supusieron un duro golpe para la moneda acuñada e impresa del sistema monetario español.

El decreto del Ministerio de Hacienda del 3 de octubre de 1936 (36) regulaba y exigía a los españoles que entregasen todo el oro amonedado o en pasta que poseyesen. Otro decreto del 10 de octubre amplió el plazo concedido para la entrega (37). A partir de estos momentos las Gacetas están llenas de decretos y órdenes que encauzan la recogida de dicho metal (38).

La recogida de oro era una manera de sugerir a los ciudadanos que, comparado con el papel o los depósitos bancarios, tenía una significación mucho mayor. A partir de entonces el oro parecería siempre mejor, algo que convenía guardar prudentemente (39). Y junto a él, por mimetismo, la plata.

“El 25 de octubre de 1936 se embarcó en Cartagena, con rumbo a Odesa, siete mil ochocientas cajas llenas de oro, amonedado o en barras, oro que constituía parte de las reservas del Banco de España”.

“La consecuencia económica más grave de la entrega a la U.R.S.S. —opina Ricardo de la Cierva— del oro español es que la República hipotecó por adelantado sus posibilidades de dependencia exterior.” (40)

Pero lo peor del hecho es que la credibilidad financiera del gobierno quedaba en entredicho y el público en general podía desconfiar, pese a que en enero de 1937 el gobierno desmintiese que se había depositado dicho oro en el extranjero, aunque tuvo que reconocer que efectuó pagos con él (41).

Sea como fuere, la salida del oro influyó, y mucho, en la crisis monetaria; pero no tanto como lo haría la excesiva inflación de billetes —ello no va en contra de que algunos políticos opinen que el billete sin valor respaldado es un excelente medio para financiar revoluciones, como decía B. Franklin.

Para Tuñón y García-Nieto (42) el Banco de España, sin modificar su estatuto legal, en la práctica, se convirtió en un organismo dirigido y controlado por el Ministerio de Hacienda. Esto fue lo que permitió al gobierno movilizar los depósitos de oro como instrumento principal de financiación de la guerra y hacer frente a la inflación, en la que uno de los factores que influyó fue la depreciación de la peseta, provocada también por la bolsa extranjera.

¿Hacer frente a la inflación? No debió de ser un buen medio. De una parte se gastaban el oro que ya no podría avalar a unos billetes en constante devaluación, de otra entregaban a los españoles cantidades crecientes de billetes sin ninguna cobertura metálica, que incrementaban el papel circulante, para financiar la guerra en el interior. Todo ello creaba inflación de papel.

Para comprobarlo basta ver los cuadros que reproduce Ángel Viñas en la obra de urbión sobre la guerra civil. En el cuadro 23 sobre la oferta monetaria y la población (43) se puede seguir el incremento, ininterrumpido y de fuerte ritmo, de la cantidad de billetes en circulación, junto al descenso de la población sobre la que podían ejercer como medios de pago legales. Y el cuadro 26 que se ocupa de los precios medios mensuales de las dos pesetas españolas en el mercado de París (44) permite comparar la depreciación constante de la peseta republicana con el paralelo aumento de la inflación del papel —visto en el cuadro 23 citado.

Llegó a tal punto dicha inflación que en la zona republicana no era dinero contante y sonante lo que faltaba, aunque lo de sonante se utiliza en sentido figurado, pues las monedas metálicas desaparecieron y fueron sustituidas por redondeles de cartulina o papeles. Lo que escaseaba era qué comprar con las pesetas. En la mayoría de las ciudades, a medida que avanzaba la guerra, los escaparates quedaban vacíos. Casi nadie deseaba vender a cambio de unos billetes depreciados, con los cuales poco podía comprarse —la serpiente se mordía la cola—, y más cuando se sabía que, de ganar Franco, aquellos billetes perderían su valor. Todos eran de series nuevas puestos en circulación después de julio de 1936 (45).

Y si nadie quería esos billetes, fruto de la política financiera del gobierno, los tenedores de plata no iban a dar sus monedas a cambio.

La política financiero-monetaria del gobierno aún intensificó más la crisis del sistema monetario. No sólo perdía credibilidad y buena parte de la cobertura de los billetes con la fuga del oro, también supermultiplicaba la innación de un papel nada fiable. Papel —los billetes— que no podía ser utilizado para pequeñas transacciones porque su fracción menor, antes de 1938 y después de que se pusiesen en circulación los certificados de plata proyectados en 1935, no descendía de las 5 pesetas. De forma que dichos billetes no sólo eran una moneda devaluada sino que daban la razón a los acaparadores de plata acuñada fraccionaria y contribuirían a que éstos incrementasen las tesorizaciones. Y para colmo de colmos, repito, aquellos papeles no servían como moneda fraccionaria. La crisis de medios de pago divisionarios en 1937 era inevitable.

El Ministerio de Hacienda

Excusándose en la intención de eliminar del mercado la moneda de la monarquía, sustituyéndola por otra de nuevo cuño fiel al ideal republicano y con una estructura que se adaptase mejor a las nuevas necesidades del intercambio económico, y alegando que técnicamente la Casa de la Moneda no estaba preparada para acuñar con rapidez la cantidad requerida para la vida cotidiana, el Ministerio de Hacienda, el 13 de octubre de 1936, decretó lo siguiente:

«Artículo 1°. A partir del día 17 de Octubre, el Banco de España entregará provisionalmente certificados plata de cinco y diez pesetas en sustitución de la actual moneda de plata, teniendo tales certificados el mismo poder liberatorio de la actual moneda de cinco pesetas.

Artículo 2°. El Banco guardará en sus Cajas la cantidad de plata amonedada equivalente a los certificados que ponga en circulación, sin perjuicio de conservar también la plata amonedada equivalente a los certificados que ponga en circulación, sin perjuicio de conservar también la plata necesaria para el cumplimiento de lo preceptuado por la base segunda del artículo 1° de la vigente ley de Ordenación bancaria.

Artículo 3°. El Ministerio de Hacienda procederá con la mayor rapidez al estudio y ejecución de la nueva ley monetaria para acuñar la nueva moneda republicana de plata de cinco y diez pesetas que ha de sustituir en su día a los certificados plata puestos ahora provisionalmente en circulación. Oportunamente se publicará la fecha a partir de la cual la actual moneda de plata dejará de ser moneda legal.» (46)

De otro lado, en el territorio rebelde se procedió al estampillado de los billetes del Banco de España que habían quedado en su zona al estallar el conflicto armado con el fin de darles un curso legal dentro de su jurisdicción. Ello fue buena excusa para que el Ministerio de Hacienda republicano los anulase rápidamente. El 29 de noviembre de 1936 decretaba:

«Artículo primero. Queda prohibida la tenencia y circulación de los billetes del Banco de España alterados por estampillas facciosas y no estarán, por lo tanto, garantizados por las reservas oro del Banco de España…

Artículo Tercero. El Banco de España no admitirá en sus cajas los billetes estampillados.» (47)

En el ecuador de 1936-1937 se daba el hecho de que en determinadas sucursales del Banco de España se disponía de los saldos de las cuentas de crédito por medio de vales o pagarés, que se libraban por cantidad fija en papel impreso estampado con el reconocimiento de la sucursal de la existencia de saldo, con lo que se creaba una circulación semejante a los billetes del Banco de España. Como ello iba en contra de las normas de la ley de Ordenación Bancada, el Ministerio dispuso la siguiente orden:

«Que el Banco de España, en sus distintas Sucursales o Agencias, se abstenga en absoluto de autorizar con su firma vales, pagarés o talones de esta especie, destinados a circular como billetes; limitándose a abonar directamente o por compensación los cheques que se le presenten contra cuentas de créditos abiertas y siempre que lo hubieran sido de conformidad con las prescripciones de los Estatutos y Reglamentos de ese Banco de España. Valencia, 14 de Enero de 1937.» (48)

sirviéndose del Comisario general de Banca y del Gobernador del Banco de España que firmaron dicha orden.

El 16 de enero de 1937, a fin de lograr cumplida ejecución del decreto del 13 de octubre de 1936 que dispuso la circulación de los certificados plata, el Ministerio de Hacienda ordenó que los bancos, cajas de ahorro y toda clase de centros y establecimientos públicos, cumplieran con la máxima diligencia lo prevenido en la regla tercera de la orden ministerial del 15 de octubre de 1936 relativa al cambio de las existencias de plata en monedas de cinco pesetas por certificados plata y que, periódicamente, a cada quincena entregasen en el Banco de España, para su canje, las existencias de plata gruesa que pudieran haber recogido. Se exigía además que todos los centros oficiales y entidades bancarias efectuasen preferentemente sus pagos con certificados de plata (49).

El 22 de febrero del mismo año el Ministerio aún amplió más el campo de acción de los susodichos certificados decretando:

«El Banco de España queda autorizado para entregar certificados de plata a cambio o en lugar de la moneda divisionaria de plata. Cuando así se haga una cantidad de plata divisionaria de igual valor nominal que los certificados será retirada de la circulación.» (50)

Está suficientemente claro como para excedernos en comentarios. El Ministerio utilizaba la moneda. De un lado eliminaba los billetes llamados facciosos y se apuntaba una excusa para poner en circulación nuevos billetes, algunos de los que ayudaron a financiar la guerra en el interior (51) creando, a su vez, una galopante inflación de papel. De otro luchaba por impedir que los particulares sustituyesen la moneda estatal con vales o pagarés; pero lo único que logró fue perder el control de esos vales y pagarés que se buscaron otros bancos, que no fuesen el de España o sus sucursales, o constituyeron depósitos propios para avalarse. Así se vieron favorecidas las emisiones de bonos de entidades de naturaleza no crediticia y dificultadas las de esa naturaleza (52).

Sin embargo, lo más significativo con relación a la crisis de moneda divisionaria durante 1937 fueron los certificados de plata —unos insignificante papeles—. Con ellos el Ministerio compró plata gruesa para tenerla dispuesta en sus arcas, recuérdese que también se sirvió de dicho metal para financiar la guerra en el exterior. Así empezó a cambiarse tímidamente la moneda de un sistema basado en la plata y las coberturas metálicas por otra eminentemente fiduciaria, aunque en un principio se pensase en volver a hacer las emisiones con el referido metal, proyecto que las circunstancias o una política consciente —no lo sabemos— impidieron.

Dichos certificados difícilmente podían sustituir a las piezas de plata de la monarquía anterior puesto que sus valores eran sólo de 10 y 5 pesetas respectivamente. Para lograrlo hubieran tenido que reconocer que el sistema databa de 1868, que el sistema también contenía pequeñas monedas de plata y no sólo las de plata gruesa y que la plata pequeña republicana acuñada en circulación poseía una materialidad idéntica a la de los duros que también requería el cambio; cambio que no fue previsto por el decreto del 13 de octubre de 1936 o que, si lo fue, no lo explicitaron en el texto que publicó la Gaceta correspondiente.

¿Acaso las monedas de plata de dos, una y media pesetas de la monarquía no merecían la atención del Ministerio de Hacienda por su reducido peso? ¿O es que la emisión de certificados de plata sólo pretendía ser un mínimo intento de arrebatar a la moneda metálica parte de sus atribuciones en favor del papel?

Lo único que se puede afirmar con alguna certeza —porque lo he visto en mis abuelos y la gente coetánea— es que el duro de plata tenía más valor e importancia que cinco monedas de peseta o diez de cincueta céntimos del mismo metal. Es evidente que los hombres del gobierno cayeron en esta concepción. A los mismos sólo les preocupaba la plata gruesa —el duro— (53), las demás piezas del sistema carecían de importancia. ¿Quién tenía en la mente la idea de que a alguien le pudiese interesar la escasa plata que llevaban las piezas de 2, 1 y 0,50 pesetas?; ¿qué son los 10, 5 ó 2,5 gramos de plata de 835 milésimas comparados con los 25 gramos de plata de 900 milésimas del duro? (54). No hay duda de que si estas monedas de baja ley y reducido peso están junto a un duro, cualquiera lo prefiere a ellas. Esto es lo que hizo el Ministerio. ¿Pero qué sucede si el duro no está? Que la plata de las otras monedas de poco peso y baja ley se vuelve apetecible y más valiosa que un certificado de dudosa estabilidad (55). «¿Cómo voy a darle monedas de plata a este señor/a que me trae un papel que no puedo canjear por un duro?», se preguntarían los tenedores de monedas de plata. En breve llegaría la especulación y el agiotismo. A consecuencia de este fenómeno, que los economistas describen como ley de Gresham, la moneda mala expulsó a la buena.

Lo que en un principio, tal vez, fue un medio para paliar la posible ocultación de la plata, recoger plata gruesa y sustituir las monedas de cinco pesetas monárquicas —hablo de los certificados de plata—, a la postre se convirtió en una causa de ocultación de dicho metal que cada vez se vería menos y, a partir de febrero de 1937, en un importante elemento inflacionista. Lo peor es que no ofrecieron una alternativa viable y completa, aunque cabe reconocer que en las circunstancias bélicas que se vivían los impedimentos eran abundantes. Por otra parte los certificados de plata de 5 y 10 pesetas procedían de un proyecto anterior a la guerra, por lo que sus deficiencias se permitían un amplio margen de justificación heredada; el Ministerio de Hacienda de octubre de 1936 sólo culminó el viejo proyecto. Lo cierto es que en 1938 se pusieron en circulación certificados de 2, 1 y 0,50 pesetas, fruto ya de las necesidades impuestas por los acontecimientos (56). Pero entre 1936 y 1938 media un año, un año de problemas monetarios.

Ahora me pregunto: ¿Aciertan aquellos que echan toda la culpa de la ocultación de la moneda divisionaria y su consiguiente desaparición del circuito monetario a los particulares y elementos fascistas? (57). No niego que éstos tuvieran su papel, pero quiero resaltar que las enormes fauces del Ministerio de Hacienda también tragaron lo suyo, con unos medios mucho más poderosos que los particulares, el ciudadano corriente, y que no ofreció, dicho Ministerio, una alternativa válida hasta 1938.

II. CRISIS Y SOLUCIONES DURANTE 1937

La crisis llegó. Para los autores que han estudiado zonas desconectadas del poder central desde el principio ésta se manifestó ya en 1936 (58). Para nosotros, que estudiamos el caso concreto de la provincia de Alicante, los problemas monetarios no se detectan hasta 1937.

J. M. Bricall (59) dice que la inflación y el deterioro de los mecanismos monetarios no fue más que una faceta de la «sotragada» —sacudida— general de la sociedad que se produjo —guerra y revolución—. La circulación monetaria normal se vio perturbada por un proceso de tesorización de ciertos medios de pago y por el encarecimiento natural de la circulación a través del sistema bancario, causado especialmente por la retirada inicial de depósitos y por las limitaciones que el poder público impuso a esta circulación. Como consecuencia de estos dos fenómenos la moneda fraccionaria desapareció y la aceptación del sistema monetario presentó unas connotaciones específicas: tesorización de ciertos activos líquidos, circulación elevada de otros y ausencia de moneda fraccionaria, etcétera. Todo ello hablando, naturalmente, de Cataluña.

Estudiando también Cataluña, A. Turró (60) afirma que la alteración de las circunstancias económicas como consecuencia inmediata de la guerra afectó en proporciones extraordinarias el ritmo normal de la actividad financiera, derivándose, entre otras cosas, una gran escasez de moneda fraccionaria puesto que ya desde los primeros meses del conflicto se observó un intenso atesoramiento de las monedas de plata por parte de particulares que, influenciados por el incierto resultado de una guerra que preveían larga y el posible naufragio de muchos valores materiales, creían que la plata podría convertirse en la seguridad de su porvenir, hecho que motivó la regular desaparición de estas monedas; atesoramiento que fueron incapaces de evitar e impedir los numerosos decretos que prohibían y castigaban el mencionado acaparamiento. Que cabe señalar que el mismo gobierno contribuyó a esta total desaparición del numerario de plata retirando de la circulación todas las monedas que ingresaban en sus arcas, plata que necesitaba para sus compras de material en el extranjero. Y de otro lado, el Ministerio de Hacienda, por los motivos que sean, no pudo o no supo cumplir con lo que tenía que ser su obligación: dotar al territorio republicano de moneda legal divisonaria del Banco de España. Ello provocó una grave perturbación en la vida económica de cada día ya que se hizo imposible poder devolver cambio o ajustar ningún pago debido a la falta de moneda pequeña.

Rafael Abellá (61), al ocuparse del desconcierto económico de la España republicana, dice que la desaparición de la plata se manifestó muy temprano. En el transcurso del mismo verano de 1936, apenas pasado un mes del alzamiento de julio, la moneda de curso legal al estallar la guerra empezó a ocultarse. Aquello fue el principio de unas dificultades provocadas por la carencia de moneda fraccionaria, de peseta y de calderilla con que efectuar las devoluciones de los cambios. Las medidas conminatorias, las más graves amenazas proferidas contra el atesoramiento, no surtieron efecto apreciable. La plata, el cupro-níquel y el cobre se convirtieron en metales preciosos que aseguraban a sus poseedores contra cualquier contingencia. Y la contingencia que vivía la zona republicana en aquellos momentos era la de las incautaciones, requisas, emisiones de vales, una conmoción económica cuyo resultado no podía ser más que la alarma. El papel podía verse privado de valor, pero el metal sería siempre reconocido. De otro lado, el gobierno tuvo que enfrentarse a muchos pagos, circunstancia que inició la espiral del proceso inflacionista. La posesión de la plata tuvo que restringirse. La emisión de papel se hizo necesaria.

Abellá se sirve de un romance, «Traiga usted dinero suelto», de Antonio Agraz, poeta libertario, para manifestar los problemas del vivir cotidiano ante esa situación. Dicho poema narra las peripecias de una vieja, madre de un combatiente que le manda su soldada, la cual sale a la calle con el billete que le ha enviado su hijo. No puede subir al metro o al tranvía porque no hay cambio. Andando llega a la tienda y se pone en la cola. Cuando le llega su turno el vendedor le dice que no puede comprar nada si no lleva monedas de plata o cobre. La vieja vuelve a casa llorando y le escribe a su hijo pidiéndole que mande perras gordas o plata, no billetes.

Lo que sí que queda claro con el testimonio de estos tres autores es que la crisis existió.

En mi opinión, ésta no fue fruto exclusivo de la guerra que, no sólo dejó al descubierto viejas realidades monetarias, sino que protagonizó numerosas destrucciones, escasez de productos de primera necesidad —ello aumentaba los precios y limitaba el poder adquisitivo del dinero legal—, inseguridad económica —la gente buscaba su futuro atesorando plata, oro…—, saqueos, robos, nuevas responsabilidades y sistemas organizativos casi revolucionarios, etcétera (62); o de la tan citada acaparación, la cual no fue más que un indicador de la crisis que, no contento con revelar la crisis, también la provocó y agravó: fue una especie de desencadenante, culminación del proceso y advertencia de que se requerían cambios para enfrentarse a los problemas; o de la crisis económica que arrastraba el país (63), la cual intensificó las dificultades y mermó algunas de las posibles salidas del caos en que cayeron las cuestiones monetarias durante la guerra civil en la zona republicana. Creo que la crisis llegó como resultado de a interacción de estos tres factores citados junto a los que hemos estado viendo en el apartado I del presente capítulo: Un sistema monetario con deficiencias, la inestabilidad de la plata de las monedas y lo que ello supuso, la fuga del oro y la inflación de papel moneda, la actuación del Ministerio de Hacienda y, como más adelante comprobaremos, la insuficiencia técnica de la Casa de la Moneda que retrasó la solución estatal de un aspecto concreto de la crisis: la carencia de moneda fraccionaria.

Todas estas circunstancias mencionadas se tradujeron en inflación del dinero y carencia de moneda fraccionaria. Nació el problema de los intercambios cotidianos, de la compra, del transporte… y, el pez que se muerde la cola —para nosotros la crisis monetaria—, el círculo vicioso de los problemas dinerarios desembocó en la interrupción del comercio al por menor.

Era preciso encontrar soluciones. Los mecanismos naturales de la economía y del intercambio asomaban la cabeza. El agiotismo se imponía. Y el espíritu del reducido poder local asoló los municipios y gobiernos regionales que, ante la pasividad estatal, para enfrentarse a la crisis crearon su propia moneda con una circulación limitada a sus respectivas jurisdicciones.

Los primeros en notar la crisis fueron los comerciantes, los cuales se veían imposibilitados para devolver cambios, de forma que en lugar de moneda divisionaria entregaban vales o abonos. El sistema era fácil y productivo porque mucha gente no se presentaba al reembolso y los vales se convertían en beneficios (64).

Al poco tiempo, y favorecidos por la fragmentación del poder republicano y la dispersión de los poderes públicos, los organismos regionales, Ayuntamientos, Consejos Municipales, sindicatos, comités políticos, colectividades obreras, unidades militares, cooperativas, economatos y empresas industriales lanzaron sus propios bonos. Más de 2.000 entidades con cerca de 7.000 billetes diferentes, sin contar a los comerciantes individuales (65).

A lo largo de 1937 la zona republicana se convirtió en un muestrario de piezas convencionales que «tuvieron la virtualidad de solventar las más imperiosas necesidades del subsistir en una sociedad que seguía ajustada a las transacciones dinerarias como patrón y vehículo adquisitivo». Pero la pérdida del sentido reverencial del dinero fue espeluznante. La puesta en circulación de esta serie de vales locales tuvo enorme transcendencia sobre las ideas y la vida de los españoles a quienes tqfcó comprar, vender y traficar con dichos bonos. «La desacralización del dinero hizo perder todo aprecio hacia él» (66).

Hablando de las monedas municipales catalanas, Tarradellas, en el prólogo de la obra de Turró (67), dice que las emisiones municipales, reclamadas sobre todo por la necesidad de hacer frente a la desaparición de la moneda fraccionaria, también tuvieron posibles incidencias sobre los ingresos municipales (68).

De otra parte, también se solucionó la crisis —cabe pensar si fue una solución o un resultado de ella— regresando a los niveles ancestrales del intercambio:

«El trueque sustituyó en todas partes a una moneda en la que nadie creía». (69)

¿Hasta qué punto el trueque sustituyó a la moneda fraccionaria que faltaba? ¿En realidad, el trueque no tiende a eliminar la moneda? Aquí sólo podemos hablar de la provincia de Alicante, puesto que se ha estudiado científicamente. En ésta hubo dos tipos de trueque. Uno puro, que elimina la moneda, y otro que no es trueque propiamente sino el uso de una moneda-mercancía representada por el tabaco, los cigarrillos o las cerillas. Se trató de una mercancía que actuó como equivalente general y tendió a sustituir a la moneda fraccionaria.

Soluciones estatales

Junto a la persecución de los acaparadores de monedas de plata y oro (70) el gobierno intentó emitir moneda fraccionaria con precarios resultados. El 19 de marzo de 1937 (71) el Ministerio de Hacienda decretó que:

«Las nuevas necesidades monetarias que han sido consecuencia de la guerra y de la distribución más igualitaria de la riqueza nacional obligan constantemente al Gobierno a adoptar medidas que atiendan a esas necesidades. Entre ellas descuella en primer término la mayor demanda de monedas divisionarias de una y dos pesetas, por efecto de una circulación más rápida y extensa y un número más considerable de pequeñas transacciones impuesto por las condiciones en que ahora se desarrolla el comercio al detall.

No sería prudente en las circunstancias actuales ampliar la acuñación de moneda de plata, aprovechando las abundantes existencias de este metal en las cajas del Banco Nacional, plata que podría ser exportada subrepticiamente, sustrayéndose así, en forma clandestina, recursos positivos al país, los cuales hoy deben ponerse en su totalidad bajo el absoluto control de las autoridades para los fines nacionales. Por esa causa, el Gobierno, debidamente asesorado por elementos técnicos competentes, ha resuelto» (72)

se emitiese la moneda que las necesidades del mercado requería y que ésta se acuñase sobre un metal análogo al empleado en Francia para el mismo fin.

El primero de los artículos del decreto autorizaba al gobierno para que emitiese cien millones de pesetas de monedas de una y de dos pesetas de bronce de aluminio. El segundo regulaba el peso, forma, tipos y tamaños de las monedas. El tercero establecía su circulación en concurrencia con la plata. El cuarto especificaba que las operaciones de acuñación las llevaría a cabo la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, además de indicar la forma de liquidar los gastos, etcétera.

En abril de ese mismo año Mundo Obrero preguntaba:

«¿Cuándo circularán en Madrid las nuevas monedas de peseta?»

Y algún tiempo más tarde repetía:

«¿A dónde han ido a parar las pesetas de nueva acuñación? En Madrid sólo las hemos visto como una curiosidad numismática.» (73)

Lo cierto es que en agosto de 1937 la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre se vio obligada a comprar maquinaria moderna porque la suya ya no servía (74).

Las monedas de 2 pesetas en metal nunca aparecieron y las de peseta no circularon hasta 1938. Lo cual quiere decir que durante 1937 la moneda fraccionaria en la zona republicana dependió de la improvisación artesanal de los particulares y de la iniciativa de los poderes públicos locales o regionales de la retaguardia.

NOTAS

(1) En el apartado II veremos la crisis.

(2) Vid. FERNÁNDEZ, C. «La creación de la peseta en la evolución del sistema monetario de 1847.» en ANES Ensayos sobre la economía española a mediados del s. XIX. Madrid 1970.

(3) GIL PARRES, O. Historia universal de la moneda. Madrid 1974. p. 221.

(4) VICENS VIVES, J. Historia de España y América social y económica, t. V Barcelona 1977. p. 103.

(5) VICENTI, J.A. La peseta. Madrid 1976. pp. 5-75.

(6) Cfr. GIL PARRES, O. o.c. p. 221.

(7) BANCO DE ESPAÑA Los Billetes del Banco de España. Madrid 1979. pp. 121 y ss.

(8) TORTELLA, G. «La economía española 1830-1900» en TUÑÓN, M. Historia de España, t. VIII Barcelona 1981. pp. 124-129.

(9) Vid. GASTAN & GAYÓN Las Monedas Hispano Musulmanas y Cristianas 711-1981. Madrid 1980. pp. 1136 y ss.

(10) GIL PARRES, O. o.c. p. 221.

(11) GALBRAITH, J.K. El dinero. Barcelona 1983. pp. 168-169.

(12) V1CENS VIVES, J. o.c. p. 105.

(13) VILAR, P. Oro y moneda en la historia 1450-1920. Barcelona 1981. p. 51.

(14) GALBRAITH, J.K. o.c. p. 236.

(15) YEOMAN, R.S. A guide book of United States coins. Wisconsin 1969. p. 12.

(16) THIMONIER, A. Encyclopédie des Monnaies et Billets de France. Clermont-Ferrand. pp. 338-342. (1981).

(17) VICENTI, J.A. o.c. p. 78.

(18) BANCO DE ESPAÑA o.c. p. 279.

(19) Cantidades tomadas de CASTÁN & CAYÓN o.c. pp. 1120 y ss. y CALICÓ, F.X. «La numismática de la guerra civil española» en La guerra civil española. Exposición itinerante del Ministerio de Cultura. Madrid 1980. p. 64.

(20) Vid. TURRÓ, A. Elpaper moneda cátala 1936-1939. Barcelona 1982. p. 14.

(21) Vid. CALICÓ, F.X. o.c. pp. 63-70.

(22) BRICALL, J.M. Política económica de la Generalitat 1936-1939 t. II «el sistema financer». Barcelona 1979. pp. varias.

(23) TURRÓ, A. o.c. p. 19.

(24) TAMAMES, R. Introducción a la economía española. Madrid 1980. pp. 282-283.

(25) BANCO DE ESPAÑA o.c. pp. 196-197.

(26) Ibídem. p. 235.

(27) Ibídem. pp. 274-277.

(28) Decreto del Ministerio de Hacienda 19-111-1937. Gaceta de la República, 20-JII-1937.

(29) TURRO, A. o.c. p. 15.

(30) GALBRAITH, J.K. o.c. p. 183.

(31) A.M. de Alicante. Libro de Actas de sesiones municipales, s.o. 10-VI-1937.

(32) Datos de TUÑÓN & GARCÍA-NIETO, M.a C. «La guerra civil» en TUÑÓN de LARA, M. Historia de España, t. IX Labor. Barcelona, p. 439.

(33) ABELLÁ, R. «La pesadilla diaria de las dos Españas» en La guerra civil española. URBION t. 11 Madrid 1983. p. 50.

(34) TUÑÓN & GARCÍA NIETO, M.a C. o.c. p. 439.

(35) Para profundizar más en el tema vid. por ejemplo: SARDA, J. «El Banco de España, 1931-1962» en El Banco de España. Una historia económica. Madrid 1970; VIÑAS, A. El oro español en la guerra civil. Madrid 1976 y El oro de Moscú. Barcelona 1979.

(36) Gaceta de Madrid. 4-X-1936.

(37) Ibídem. ll-X-1936.

(38) Gacetas de la República. 7-1-1937, 14-11-1937, 16-111-1937…

(39) Palabras tomadas de GALBRAITH, J.k. o.c. p. 167.

(40) DE LA CIERVA, R. Historia ilustrada de la guerra civil española. Barcelona 1977. pp. 380-381.

(41) Humanidad. (Alcoy) 20-1-1937. p. 3.

(42) TUÑÓN & GARCÍA-NIETO, M.a C. o.c. p. 296.

(43) Un sondeo de los datos que aporta el cuadro 23 para la zona republicana: SUMAS DE CUENTAS CORRIENTES Y BILLETES EN CIRCULACIÓN (millones depts.) 1937, enero: 9.505,8, mayo: 11.520, septiembre: 14.269; 1938, enero: 17.456,8, mayo: 20.336,8, septiembre: 23.697; 1939, enero: 27.533,8. POBLACIÓN (millones de hab.); 1937, enero: 12,5, mayo: 11,8, septiembre: 11,1; 1938, enero: 10,5, mayo: 10,2, septiembre: 9,9; 1939, enero: 7,1. En VIÑAS, A. «Breve bosquejo económico» en URBIÓN o.c. t. 9 p. 124.

(44) Un sondeo de los datos que aporta el cuadro 26 para la zona republicana: Francos por 100 pts. 1937, enero: 86,35, mayo: 72,49, septiembre: 52,04; 1938, enero: 32,20, mayo: 23,20, septiembre: 16,49: 1939, enero: 6,28. En ibidem. p. 127.

(45) Ibidem. 116.

(46) Gaceta de Madrid. 15-X-1936. Recuérdese que estos certificados de papel ya los hemos visto líneas atrás y que su proyecto data de 1935.

(47) Ibídem. 2-XII-1936.

(48) Gaceta de la República. 15-1-1937.

(49) Ibídem. 19-1-1937.

(50) Ibídem. 23-11-1937.

(51) Los milicianos y los soldados del Ejército Popular eran los mejor pagados de su tiempo: diez pesetas por día en mano. VIÑAS, A. o. c. URBIÓN. t. 9 p. 116.

(52) En Cataluña la proliferación de entidades de naturaleza no crediticia que emitieron moneda fue enorme. BRICALL, J. M. o. c. pp. 10 y 280-294. En la provincia de Alicante también, como veremos.

(53) Recuérdese que la expresión plata gruesa ha sido sacada de los decretos y órdenes del Ministerio.

(54) Para la ley y peso de las monedas vid. VICENTI, J. A. o. c. pp. 20-65.

(55) Una explicación del problema de la moneda fraccionaria durante 1937 podría identificarse con la lucha entre una moneda-mercancía-plata revaluada y una moneda-signo-papel devaluada, ni más ni menos la ruptura del equilibrio que habían intentado mantener ambas monedas durante más de 60 años. Ello nos lleva a plantearnos si la crisis monetaria de 1937 fue coyuntural simplemente o estructural. Lo cierto es que el sistema monetario que giraba en torno a la plata se derrumbaría ¿Nacería uno nuevo, acorde con los momentos?

56) Estas emisiones las estudiaremos en el capítulo IV.

(57) Las manifestaciones que acusan a los particulares y elementos fascistas son frecuentes tanto en la prensa como en las actas de las sesiones municipales de los diversos municipales alicantinos estudiados aquí.

(58) Un ejemplo muy claro de estos planteamientos en CONDE, I. «Billete de cincuenta pesetas, emitido en Gijón, en Septiembre de 1937» en Actas del Primer Congreso Nacional de Numismática. Zaragoza 12-16 diciembre de 1972.

(59) BRICALL, J. M. o. c. pp. 29, 26 y 9.

(60) TURRÓ, A. o. c. pp. 18-19.

(61) ABELLÁ, R. La vida cotidiana durante la guerra civil, España Republicana. Barcelona 1975. pp. 319-324.

(62) Para lo que protagonizó la guerra vid. por ejemplo ABELLÁ, R.: La vida cotidiana… o. c. y TUÑÓN & GARCÍA-NIETO: o. c.

(63) Para la situación económica vid. por ejemplo TUÑÓN; M.: La España del siglo XX. t. II Barcelona, edición de 1981. pp. 365-390. y VICENS VIVES: o. c. t. V pp. 247-283.

(64) Vid. CALICÓ, F. X. o. c. p. 65.

(65) BANCO DE ESPAÑA o. c. p. 348 y BRICALL, J. M. o. c. pp. 280-286.

(66) Cfs. ABELLÁ, R. La vida cotidiana… o. c. pp. 326 y 324.

(67) TURRÓ, A. o. c. p. 7.

(68) Los lectores se habrán percatado de que no menciono las emisiones del Banco de España de Bilbao o de Santander, ni las de la Generalitat de Cataluña. Ello es así porque estas emisiones no están directamente relacionadas con el problema de la crisis de la moneda fraccionaria ni del poder adquisitivo de la moneda estatal, las mismas son resultado de la guerra y de unas exigencias políticas.

(69) DE LA CIERVA, R. o. c. p. 378.

(70) En el capítulo siguiente estudiaremos con brevedad dicha persecución en la provincia de Alicante.

(71) Gaceta de la República. 20-111-1937.

(72) El resto de la introducción del decreto ya se ha reproducido en el texto de la nota (28) del presente capítulo.

(73) Vid. ABELL^, R. La vida cotidiana… o. c. p. 320.

(74) Gaceta de la República. 7-VIII-1937.

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